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El hallazgo del Códice de Ixtepeji

viernes 07 de junio, 2013

A finales de marzo de 2012, mi amigo y colega Aims McGuiness, del Departamento de Historia de la Universidad de Wisconsin en Milwaukee (UWM), me dejó un mensaje de voz: “hay un documento misterioso en la biblioteca de la Sociedad Geográfica Americana (SGA), aquí en la UWM. Parece de la época colonial y quizá es mexicano. Los bibliotecarios no saben qué es, o cómo lo obtuvieron. ¿Podrías venir a verlo?”

“Ah, qué padre”, le contesté por correo electrónico, “siempre encuentro tiempo para un documento perdido”. No tenía idea. Unos días después, en la biblioteca de la SGA, Jovanka Ristic y Kay Guilden desenrollaron ante mí una pieza textil de aproximadamente dos metros de largo y unos 60 centímetros de ancho. El documento tenía la apariencia de un título indígena de mediados de la Colonia, una mezcla de narrativa pictográfica tradicional y textos alfabéticos. Dos textos en español me indicaron que el documento era de los años 1691-1709 y provino de Santa Catarina de Tepexi. El resto del texto extrañamente me parecía zapoteco. Digo extrañamente porque Tepexi está en el actual estado de Puebla, mientras que el zapoteco se habla mucho más al sur. Ya que no soy experta en lenguas indígenas ¾y, según aprendí, tampoco en geografía mexicana¾ sólo llegué hasta aquí con mis observaciones.

Pero sabía quién podía llevarlo más lejos. Al día siguiente le escribí a mi amigo y colega Michel Oudijk, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Oudijk y yo coeditamos un libro en 2005. Él se dedica al estudio de la historia zapoteca a través de los documentos pictográficos de la época colonial. También escribió un libro sobre un gobernante de Tepexi, Puebla, que vivió en la época de la conquista. “Hola Michel”, le escribí, “hay aquí en Milwaukee un documento que…” Le describí lo que había visto y adjunté algunas fotos que los bibliotecarios me habían dado. “Es el Códice de Santa Catarina Ixtepeji!”, respondió un día después.

Resultó que él y su amigo y colega Sebastián van Doesburg habían buscado este documento por más de una década en archivos de México, Europa y Estados Unidos. No viene de Tepexi, sino de la comunidad zapoteca de Santa Catarina Ixtepeji en Oaxaca. Sebastián van Doesburg había incluso publicado un artículo sobre el documento en el año 2000, basándose en una borrosa fotografía en blanco y negro del lado izquierdo del documento, que había encontrado en el Museo Nacional de Antropología. En el reverso de la foto decía: “un códice desconocido. Sacado de una placa proporcionada por Rickards” (sin duda el coleccionista y cónsul inglés Constantino Jorge Rickards, 1876-1950). En su obra de 1956 sobre la sierra zapoteca, Pérez García reportó que, según le dijeron los ancianos, se había vendido un documento de cuero de Ixtepeji al cónsul alemán en los inicios siglo XX:

"Personas caracterizadas en la población informan que en el archivo del municipio existía hasta principio de siglo un códice de piel de venado, curtido, como de seis a ocho metros de largo por uno de ancho, gamuza bien adobada, con jeroglíficos que explicaban la repartición de tierra que hizo Coquelay, señalando al propio tiempo sus límites jurisdiccionales a sus sucesores, tanto los del Valle como los de las montañas. Que desde entonces se señaló al actual Tlalixtac como cabecera de las tierras del Valle y a Ixtepeji como la cabecera de las montañas, y la línea limítrofe en las del Valle pasaba por donde ahora se encuentra el panteón de Tlalixtac. Dijeron que por los años 1908 a 1911, desempeñando la presidencia municipal un ranchero de apellido Santiago, y seguramente para delimitar las tierras, o justificar la línea divisoria, éste sacó dicho códice y lo llevó a Oaxaca para ponerlo en manos de su abogado, el señor Don José Ruíz Jiménez, y que este señor, viendo su importancia, se lo vendió al cónsul alemán en $35,000.00, con lo que desapareció tan importante documento, siendo ello una de las causas de la revolución del pueblo en 1912."[1]

Regresé aquella tarde en el autobús a mi casa con una risa boba en la cara. No usaré el códice de Ixtepeji en mis investigaciones, pero supe exactamente cuán eufóricos debieron sentirse Michel y Sebastián.

Lo sé, porque un año antes había recibido un correo de mi amigo y colega Christopher Lutz, diciéndome que Sebastián había encontrado los libros perdidos del cabildo de la primera capital española exitosa de Guatemala. Estos libros, que datan de 1530 a 1553, habían sido robados de Guatemala y vendidos en la última década del siglo XIX. Cuando recibí el correo, Sebastián estaba haciendo investigaciones en la Sociedad Hispánica en Nueva York. Allí, el archivista le pidió echar un ojo a los libros. Él los vio y, aunque no era su área de trabajo, los reconoció como importantes. Le escribió a Chris et voila . Se resolvió un misterio de más de un siglo y se recuperó una fuente inestimable de la historia de Guatemala para la comunidad académica. Actualmente, un equipo de historiadores guatemaltecos los están paleografiando. También aquel día regresé a casa en el autobús con una risa boba en la cara.

Hay, sin embargo, un lado oscuro en este cuento. Innumerables piezas de la historia mesoamericana están dispersas por Europa y Estados Unidos, a consecuencia de un imperialismo directo o indirecto y debido al poder de la cartera. La caza de antigüedades se hizo una moda en el siglo XIX. Los coleccionistas peinaron las comunidades indígenas buscando cosas antiguas que pudieran vender al mejor postor: a menudo algún empresario extranjero interesado en el coleccionismo. Los académicos también compraron, copiaron o pidieron prestados manuscritos. A veces simplemente se los llevaron. Además la estafa continúa. En 1995, el presidente de los archivos nacionales de Guatemala, designado políticamente, envió a su esposa a vender documentos del siglo XVI en la Galería Swann en Nueva York. A menudo, estas delicadas piezas del pasado terminan colgadas en la sala de alguien o guardadas,perdidas, en un lote desorganizado, vendido o donado a alguna biblioteca después de la muerte del comprador. Cuando encontré, hace algún tiempo, una firma del conocido conquistador Bernal Díaz del Castillo en los archivos de Guatemala, me quedé sentada en el escritorio, viéndolo con gran satisfacción durante un momento. Pero tuve el cuidado de mencionarlo sólo a algunos amigos guatemaltecos y colegas de confianza. Un documento con la firma de Díaz del Castillo actualmente vale unos 125 mil dólares. Las reales cédulas del siglo XVII de Guatemala salen en unos 30 mil.

Pero aquel día no pude borrarme la risa. He repetido ese mantra “amigo y colega” tantas veces, porque aunque la investigación y la redacción pueden ser tareas solitarias, también significan ser parte de una comunidad. Amigos y colegas, bibliotecarios y archivistas, todos pasamos tiempo juntos en el archivo. Compartimos nuestras ideas acerca de lo que encontramos y el desafío de escribir acerca de esto de una manera coherente y convincente. Compartimos la información y también la felicidad de encontrar los fragmentos claves de un pasado alguna vez perdido. Cuando se redescubre una de estas piezas, también se recupera una pieza de la historia. Es por eso que hacemos lo que hacemos, y hay pocos momentos tan satisfactorios como ése.

Fuente: Jolgorio Cultural | Laura Mathew


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